Cada texto es una aventura que el traductor emprende, como una travesía que nos lleva a un lugar desconocido. Cada vez que tenemos la responsabilidad de traducir un encargo, damos vida a un texto. El traductor debe indagar en el contenido para lograr descifrar ese código secreto. Cada vez que nos enfrentamos a un texto, tenemos que analizarlo con profundidad, extraer las ideas más importantes y emplear un lenguaje preciso que transmita el mismo sentido en la lengua meta. No solo es gratificante traducir literatura, el traductor experimenta la misma magia y creatividad con cualquier otro texto. Cada tipo de encargo supone unos riesgos diferentes, y todo texto requiere un análisis previo y un proceso que se ha de seguir para su traducción. Habrá encargos que nos gusten más o menos, sin embargo, es una sandez creer que solo traducir literatura merece la pena. Gracias a este oficio he descubierto un sinfín de materias y cuestiones antes desconocidas para mí.
Por lo general, no se aprecia la
dificultad con la que lidiamos en cada encargo de traducción. Traducir es mucho
más que reproducir palabras, a menudo, la traducción conlleva la producción de
un nuevo. Como consumidores se nos escapa la labor que conlleva traducir, tendemos
a pensar que todo producto que consumimos llega traducido por arte de magia. Así
pues, no queda constancia del trabajo requerido para llevar a cabo esta labor. Si obtenemos
un resultado satisfactorio, parece que ha sido muy fácil conseguirlo. No se
reflejan las horas de trabajo, los quebraderos de cabeza y las dificultades que
suponía el texto origen, ya sea por el lenguaje con el que esté escrito, ya sea
por las referencias culturales implícitas o explícitas.
Intentar saber que dice y que trasmite un mensaje abre la mente al conocimiento de un mundo infinito
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